Tolerancia y dignidad perdidas
Una hermosa casa quinta escondida en la periferia de San Lorenzo era el lugar perfecto para el brindis por el casamiento de dos jóvenes. El clima se adhirió al festejo con un hermoso sábado despejado. Cuando todo era alegría y baile, vino la debacle. La orquesta contratada decidió hacer sonar los acordes de las polcas de los dos acérrimos rivales del fútbol paraguayo: Cerro Porteño y Olimpia. En uno de esos ritmos, un gesto de desaprobación (un corte de manga dicen que fue) de uno de los invitados generó la reacción de otro. Allí nomás comenzó una verdadera batalla campal entre cerristas y olimpistas invitados, ante la desesperación de los recién casados que no podían creer cómo el momento más esperado de sus vidas era destruido por una inentendible intolerancia y un vandalismo propio de las barrabravas.
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POR DAVID ARANA
Es una pequeña muestra de lo torcida que camina nuestra sociedad hoy en día. Pero tampoco podemos esperar mucho de los hinchas de fútbol que llevan su fanatismo al extremo y lo sacan a relucir en donde sea, si el propio manejo del deporte rey soporta una época de falta de lucidez total.
Ejemplos sobran, y tomaré a los grandes de nuestro balompié como punto de partida. A fines del año pasado y principios de este año, en el Olimpia de Marcelo Recanate me dio mucha pena ver cómo el presidente del club maltrataba por todos los medios de comunicación y redes sociales a algunos de sus futbolistas que hace poco le dieron un título a la entidad luego de 11 años. Sergio Orteman, Adrián Romero y Maximiliano Biancucchi tuvieron que tragarse todo lo que el locuaz titular de la franja expresaba, hasta que decidieron responder, casi en los mismos términos también.
Luego de varios dimes y diretes, aprovechados por la prensa para ganarse más televidentes, oyentes y lectores, vino el “abrazo republicano” de reconciliación. Me sorprendió que los mencionados jugadores agachen la cabeza y siguieran en el Decano, pero luego pensé que quizás si salían así del club no iban a cobrar lo que se les debía, entonces decidieron hacer las paces con el mandamás de Para Uno. Aún así, en esa vorágine de comentarios vertidos entre los involucrados se perdió la dignidad.
En la vereda de enfrente, Juan José Zapag, presidente azulgrana, evidenció un notorio cambio de actitud en los últimos tiempos. De aquel directivo sobrio y coherente en su hablar y accionar queda muy poco. Declaraciones poco felices como “campeonato comprado”, “favores recibidos”, “mano negra” y “prensa vendida” adornan su vocabulario. Si él tiene la certeza de que todo eso ocurre, debería denunciarlo adónde corresponde. Es cierto que existe una incapacidad muy grande en el arbitraje paraguayo, pero no es menos cierto que Zapag y otros dirigentes, que también vienen pegando el grito al cielo por los desempeños de los jueces, no hicieron nada para cambiar el rumbo. Los clubes son los dueños de la APF, al menos ese es el cassette que venimos escuchando de Juan Ángel Napout, por lo tanto son ellos los que en consenso hubiesen cortado de raíz esta situación, por lo menos exigiendo el cambio de Ubaldo Aquino, director de los árbitros, el más cuestionado en todo este asunto.
Si los mismos dirigentes, líderes en sus clubes, no muestran tolerancia en su actitud y no dignifican la labor de sus futbolistas, no pretendamos que esta agresión verbal constante y abrumadora termine.
Y culmino con otra anécdota. Me comentaba un amigo que en su lugar de trabajo, cuando el Clausura del año pasado estaba en su etapa de definición, un domingo casi terminaron a los golpes entre fanáticos de Cerro y Olimpia. Solución: A partir de ahora tienen prohibido gritar los goles de sus clubes en horario de trabajo. Y bueno, la expresión quedó reprimida, pero se recuperó la armonía laboral por lo menos, aunque estoy seguro que ese pequeño exabrupto entre compañeros se arreglaba con un rico asado.
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