Efímera ilusión de los diciembres
Milia Gayoso Manzur
Cinco piñas por diez mil, dos melones por cinco, ideal para tu clericó la patrona. El pavimento hierve sobre la transitada avenida, y las motos se abren paso entre autos y peatones. En la vidriera, delgadas maniquíes lucen minivestidos rojos y gorritas de paño de lana, a tono, a pesar del calor que hace sudar hasta a las estatuas. Las piñas pesan y huelen delicioso bajo el sol.
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Allá, en la otra esquina, una larga fila de gente , con tarjetas plastificadas en mano, espera para cobrar el aguinaldo. Ese toquito de dinero, efímera ilusión de los diciembres, tiene la capacidad de ensoñecer /desilucionar en cuestión de horas. Durante el año, la gente sueña con los proyectos que querría realizar con el dinerillo, pero llegada la hora del cobro, la balanza se inclina terriblemente hacia los imprevistos y los gastos fuera de programa. Entonces, el extra findeañero se convierte en un recuerdo en poco tiempo, y comienza de nuevo la rueda del vivir/sobrevivir y el brindis por un año mejor, y por la esperanza, para que perdure y se convierta en una realidad mejor.
Siempre me ha fascinado la Navidad, y me ha puesto melancólica también. Me gusta observar a la gente en la calle, en los negocios, me agradan los preparativos, las compras, las caras ilusionadas de los niños que creen o quieren creer en la existencia del señor panzón y friolento que les trae regalos. Me emocionan las ancianitas que preparaban con devoción sus pesebres y cuidan a sus niños de Belén y les rezan pidiendo por sus familias y por un mundo mejor. Me gusta llenar de cachivaches navideños mi casa mientras canturreo mal entonados villancicos de mi infancia, y adoro abrir la heladera y saborear con todos los sentidos los aromas de las frutas de estación.
Pero también me apenan los paisajes oscuros de mi patria, me duele ver a los vendedores de sandías que pasan la Nochebuena con su cargamento no vendido, en las esquinas; a los empleados que deben permanecer en sus puestos, lejos de sus familias, a los humildes y a los olvidados, que apenas tienen unos pocos alimentos en sus mesas de Nochebuena y de noches cualquiera.
Me apenan las soledades propias y de los otros, me entristezco por aquellos a quienes amé y se han marchado, y suelo llorar, igual que usted, y no me avergüenzo por ello. Entonces me digo, qué suerte que aún soy un ser sensible, y puedo sentir, puedo reír y llorar, y puedo pedirle a Dios que siga enviando a su hijo, para mostrarnos el camino.
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